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Monday
Oct062014

HAY BALCONES

 

(A Felisberto Hernández)

Era un balcón de casa de campo. Ella lo presentaba como el Balcón de Invierno; tal vez porque daba a la modesta casa un aire desusado de nobleza campirana, como el de los viejos castillos en los que la gente se cambiaba de habitación con el curso del sol; o tal vez, por su silencio blanco como el de la nieve que nunca llegaba por esos parajes, que se quedaba colgada de las laderas del paisaje; o por sus apretados balaustres de madera que le daban un aire oriental, o por lo menos lejano, un sabor a historias de mujeres guardadas tras sus máscaras de polvo de arroz, que ahogaban secretos sobresaltos de la piel bajo sus ropajes impenetrables como el recato. Más que un balcón de invierno, un corazón de invierno, en donde las hojas pardas de un otoño siempre precoz se arremolinaban sobre el piso virgen de otras huellas que no fueran las de la mujer. El esperaba a esa mujer pálida con quien compartía el frío mineral de la melancolía. Ella, muy flaca, tenía el aspecto apagado de los recuerdos demasiado viejos, de las esperanzas gastadas.

Frente al balcon pasaba la vida. Mientras ella, recostada suavemente sobre el barandal, con los brazos cruzados, abandonaba su pecho a la caricia aspera y tibia de la piedra, sonrozada por los atardeceres largos del tedio, y que se enfriaba lentamente bajo el aliento de la brisa que se deslizaba por los hilos de la luna, o por las alas de las aves oscuras. Entonces la mujer tensaba su cuerpo, se recargaba con más fuerza con el pretexto de protegerse del embate del aire de la noche, un aire demasiado desolado para no venir del alma. Y el balcón entonces se mecía como el puente de un barco, como a punto de emprender el vuelo, como si soñara que los sueños en la noche se vuelven de carne.

La vida pasaba. Ellos, enganchados a la casa, a sus raíces, se quedaban, en el aire, como una promesa que ni se cumplía ni se desvanecía; un impulso que nunca se atrevía, una frustración contínua. porque de allí se sale sin salir, y ella creía acariciar con sus manos el perfil ondulante de las lejanas colinas azules recostadas en el horizonte, casi humanas de tan suaves; o las copas de los árboles encendidas por el poniente; pero sus manos afiladas sólo recorrían las sinuosidades de la piedra del balcón, prisionero commo ella de sus propios muros, y que no le podía responder más que con su largo silencio.

 

Un día tal vez ella se cansó de ese amante hierático, o su sueño entró por otra puerta ya olvidada; lo cierto es que faltó a la cita, y que el balcón ya no está. Tal vez se atrevió a soltar las amarras y viaja como un barco por el aire. Tal vez se echó en el horizonte como un hombre cansado. Tal vez es cierrto qu los balcones también se alejan, sufren, se matan. Lo cierto es que ya no está. 

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