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Thursday
Mar042010

Vamos a cantar con Tess -Un cuento para los peques-

 

Una mañana soleada

Salió la vecina muy apurada:

-¡Mi casa amaneció muy triste

Y en la jaula sólo quedó el alpiste!

 

  ¿Mr Tess adonde te fuiste?

 

Niña Marisol ¿acaso lo viste pasar?

Mr Tess es mi tesoro

Y aunque es algo peculiar

Es más valioso que el oro

 

 Cómo es Mr Tess?

¿Lento como un caracol?

¿Veloz como ciempiés?

¿Le gusta el futbol?

 

Es un pajarillo

Muy lindo y  cortés

Es medio amarillo

Y canta al revés

 

Corre de a brinquitos

y hace  gorgoritos

Pero no es risueño

Porque tiene un sueño

 

Quiere cantar de colores

Quiere conocer el mundo

Para cantar sus sabores

Quiere ser vagabundo

 

¿Siquiera sabe volar?

¿Quién lo dejaría escapar?

¿Será melón? ¿Será  sandía?

¿Será la vieja del otro día?

 

Corre Marisol

Que se mete el sol

Y hay un gato flojo

Que ya le echó el ojo

 

Corre Marisol, pregunta en el barrio,

¿Dónde está el canario?

¿Se lo comió el gato?

¿O se volvió pato?

 

¿Se brincó a la luna?

¿Volverá a la una?

¿Abrió la ventana?

¿Se puso sotana?

 

 Vamos a buscar a Mr Tess

A la una a las dos y a las tres

 

¡Tess! ¡Tess! ¿qué no ves

Lo grande que el mundo es

Y cambia en un dos por tres?

 

¡No andes por allí solito

No te topes con algún maldito!

 

 Tess si vinieras conmigo

Serías mi mejor amigo

Te contaría todo el día

Las cosas que dan alegría

 

 Te enseñaría los colores

Que de tu jaula no ves

Y que los veas en tu canto

Aunque afuera no estés

 

Una vocecita saltó de un rincón

Nina Marisol llévame en tu hombro

Iré de asombro en asombro

Y te compondré una canción

 

 Ven conmigo Mr. Tess

Porque el mundo es un enredo

Hay que lanzarse al ruedo

Porque si no, no lo ves

 

Yo quiero ver los colores

¿Son de sabores?

¿Saben historias?

¿Cantan victoria?

 

Do-re-mi-fa-sol

Dile Marisol

El cuento del color

Al pajarito cantor

 

Fíjate bien Mr. Tess

Desde la primera vez

 

Abre los ojos del alma

Escucha lo que trae la brisa

La vida no tiene prisa

Mientras se mece la palma

 

 El Verde se lo lleva el viento,

Menta fresca, suave aliento,

 

El azul se siente en la cara

Huele a mar, abrazo que ampara

 

El rojo es agua viva del corazón

Manzana dulce y tentación

 

El naranja es burbuja de verano

Un amigo que te lleva de la mano

 

El morado es ala de suave mariposa

Al caer la noche misteriosa

 

El Amarillo es tibio sol de la mañana

Flor de vainilla, canto de nana

 

El rosa es un beso pequeñito

Un biscocho dulce y calientito

 

El negro es una pregunta

El país donde nacen los sueños

 

El blanco es una respuesta

Un canto de estrellas y niños.

 

También está el arco iris

Sonrisa de la tarde gris

 

 Y así fueron por la enramada,

El río, el desierto la cañada,

Por montes valles y alboradas,

Por bosques y tardes doradas

 

Por la ciudad y sus  calles

Luz y sombra en los detalles

El atardecer y la noche

De las  luces el derroche

 

(y cada quién para su casa)

 

a la mañana siguiente

el barrio amaneció sonriente

 

Las flores abrieron más olorosas

La luz hizo las cosas más hermosas

Los enamorados se amaron más

 y los niños jugaron con sus mamás

 

Porque en la ventana se balanceaba

Y con toda el alma cantaba

Un pajarito lindo y cortés

Que lleva por nombre Tess

 

Todo el  arcoíris cantaba

Que jugaba con el sol

Y feliz se lo dedicaba

A su amiga Marisol

 

En premio a su curiosidad

Descubrieron la amistad

Es el más bello color

Porque le da al mundo calor.

Wednesday
Sep032008

SEÑORITA HERMINIA

 

Frente al Parque Lira baja una calle angosta. Tras los muros de sus viejas casas persiste cierta quietud conventual y frente a las ventanas de las vecindades siguen floreciendo los malvones en sus latas. De niña la recorrí muchas veces, brincaba los charcos, rayaba las paredes descascaradas, para ver las extrañas argamasas porosas que se desmoronaban como polvorones. Hoy, los charcos son pequeños, y las heridas de los muros pertenecen a otros niños. Pero ella parece que me recuerda. Es la misma vieja calle, nueva de tanto repetirse, de tanto regresar a través de mi mirada, de mis recuerdos. Yo la hago, la deshago, la recreo, como un mago de mi pasado, y juntas derribamos grandes lienzos de tiempo.

Ella y yo sabemos muchas historias; nos las contamos quedito, cuando paso por allí, y nos preguntamos que habrá sido de todas esas vidas que alguna vez la poblaron. Ha quedado como un pueblo casi desierto, desalojado poco a poco, que muere inevitablemente en aras del progreso, que se acerca con su ruido de motores, su humo, sus prisas. Sin embargo, no hace tanto que el ritmo del barrio estaba marcado por la campana de la iglesia de San Miguel.

Mucha gente está ya en el olvido, se fue apagando en el recuerdo como un campaneo muy lejano. Pero hay quienes regresan como fantasmas, se deslizan transparentes y fugaces por las paredes, tan tenues que parece que los invento. Pero regresan, es cierto, cuando vuelve a sonar cierto piano cuyas notas se desgranan de los almendros del jardín de la señorita Herminia.

Con su piano y la tarde ella tejía hilos delgados que nos envolvían; se rompían al pasar por la gritería en los juegos de la pandilla del Chueco; se enredaban interrogantes frente al rostro liso de Elvira, siempre silenciosa mirando tras la puerta cristalera de la vecindad; hacían levantar los ojos oscuros y almendrados de Margarita, sentada todo el día en su banquito, reparando medias, y se entretejían con su labor delicada; importunaban a la Loca de los Perros que se paraba a media calle haciendo señas como para espantarlas; cuidaban en la esquina la borrachera eterna de Centavito; le hablaban al oído a Chepo, el pepenador, que se sentaba en el zaguán verde para compartir su pedazo de pan con el Gandul, su perro amarillo.

Señorita Herminia, usted vivió sus días sencillos en esa vieja colonia gris, entre los muros gruesos de su casa demasiado grande, entre lo que quedó de una no muy antigua opulencia. Su paisaje cotidiano estaba hecho de calles angostas que sabían recoger a ratos la tibieza del sol, de empedrados en los que tropezaba su figura menuda, en su carrera de pasitos apurados al doblar por la esquina de la tienda de Angelita. Todos los días la veíamos pasar, mientras cambiábamos oritos y estampas. Iba muy arreglada, a dar sus clases de piano. A veces se detenía para conversar con algún vecino, y se animaba toda su persona. Se tocaba el pelo gris modestamente recogido, agitaba sus aretes brillantes, echaba a volar sus manos como pajaritos, y yo me preguntaba si siempre había sido así: una maestra solitaria y no muy joven, porque adivinaba en su rostro una sonrisa traviesa por momentos, unos ojos muy chispeantes para una persona tan seria. Pero pronto se alejaba, solterona al fin, con su blusa blanca de encaje, su traje sastre gris, sus zapatos negros de tacón bajo.

Aún hoy me pregunto qué soñaba en su quehacer ordenado de mujer decente, durante las clases de piano, al tocar esas notas que hablaban de amores. Me pregunto si recordaba algún novio ingrato que desapareció al mismo tiempo que la fortuna de la familia. Si se estremeció alguna vez su cuerpo con unas manos amadas, si su piel inquieta le quitaba el sueño. Si alguna vez la sorprendieron con la mirada perdida, olvidando por instantes la presencia de su pequeño alumno.

¿Que recuerdo buscaría su mirada en aquellos paisajes lejanos del pasado? ¿A quién alumbraría entonces? Porque por momentos su rostro se transformaba imperceptiblemente, dibujaba una sonrisa suave, triste y un poco distraída, mientras inundaba la calle con notas musicales, melancólicas, que volaban por el aire como una bandada de sueños. Se le escapaban en las mañanas por las ventanas entreabiertas en la penumbra fresca de la sala, se le escapaban al atardecer con la brisa que agitaba las cortinas blancas de gasa, y a veces también en la noche: llegaban hasta nosotros, entraban a nuestros cuartos, acompañaban nuestros sueños o nuestros desvelos, nuestras fantasías.

Cuando su hermano, recluido en la Castañeda, murió, y quedó libre de la única responsabilidad que la ataba a la vida, usted cedió sus cosas a un asilo y allí se fue apagando despacio, dejó lugar al silencio, como las notas del piano que no volvimos a escuchar... 

Tuesday
Sep022008

HAY BALCONES

(A Felisberto Hernández)

Era un balcón de casa de campo. Ella lo presentaba como el Balcón de Invierno; tal vez porque daba a la modesta casa un aire desusado de nobleza campirana, como el de los viejos castillos en los que la gente se cambiaba de habitación con el curso del sol; o tal vez, por su silencio blanco como el de la nieve que nunca llegaba por esos parajes, que se quedaba colgada de las laderas del paisaje; o por sus apretados balaustres de madera que le daban un aire oriental, o por lo menos lejano, un sabor a historias de mujeres guardadas tras sus máscaras de polvo de arroz, que ahogaban secretos sobresaltos de la piel bajo sus ropajes impenetrables como el recato. Más que un balcón de invierno, un corazón de invierno, en donde las hojas pardas de un otoño siempre precoz se arremolinaban sobre el piso virgen de otras huellas que no fueran las de la mujer. El esperaba a esa mujer pálida con quien compartía el frío mineral de la melancolía. Ella, muy flaca, tenía el aspecto apagado de los recuerdos demasiado viejos, de las esperanzas gastadas.

Frente al balcon pasaba la vida. Mientras ella, recostada suavemente sobre el barandal, con los brazos cruzados, abandonaba su pecho a la caricia aspera y tibia de la piedra, sonrozada por los atardeceres largos del tedio, y que se enfriaba lentamente bajo el aliento de la brisa que se deslizaba por los hilos de la luna, o por las alas de las aves oscuras. Entonces la mujer tensaba su cuerpo, se recargaba con más fuerza con el pretexto de protegerse del embate del aire de la noche, un aire demasiado desolado para no venir del alma. Y el balcón entonces se mecía como el puente de un barco, como a punto de emprender el vuelo, como si soñara que los sueños en la noche se vuelven de carne.

La vida pasaba. Ellos, enganchados a la casa, a sus raíces, se quedaban, en el aire, como una promesa que ni se cumplía ni se desvanecía; un impulso que nunca se atrevía, una frustración contínua. porque de allí se sale sin salir, y ella creía acariciar con sus manos el perfil ondulante de las lejanas colinas azules recostadas en el horizonte, casi humanas de tan suaves; o las copas de los árboles encendidas por el poniente; pero sus manos afiladas sólo recorrían las sinuosidades de la piedra del balcón, prisionero commo ella de sus propios muros, y que no le podía responder más que con su largo silencio.

Un día tal vez ella se cansó de ese amante hierático, o su sueño entró por otra puerta ya olvidada; lo cierto es que faltó a la cita, y que el balcón ya no está. Tal vez se atrevió a soltar las amarras y viaja como un barco por el aire. Tal vez se echó en el horizonte como un hombre cansado. Tal vez es cierrto qu los balcones también se alejan, sufren, se matan. Lo cierto es que ya no está.